El milagro de treinta centavos

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El milagro de treinta centavos
Por: Julio Torres

Fría como todas las noches de invierno,
pero con la calidez que imprime la esperanza de la llegada de los reyes magos
que de acuerdo a la tradición en el transcurso de esa noche harán el recorrido
que durante siglos han repetido los míticos reyes magos, pero hoy recuerdo una
noche de 5 de enero de los años cuarenta del siglo pasado cuando con toda la
alegría que pudo experimentar mi mente a los cuatro o cinco años de edad en mi
pueblo natal del estado de Guanajuato.

Mantenerse despierto la noche de la
llegada de los reyes magos resulta ser la noche más difícil ya que el cansancio
logra que los niños desistan en el proyecto de tratar de ver a los reyes magos
en su exacta dimensión,

de manera que la ilusión de mi hermana y la mía de ver
a los reyes quedó en el olvido provocado por el sueño y solo recuerdo que
permanecí un buen tiempo vigilando los zapatos que contenían nuestras cartas y
nada, no recuerdo nada más.

Por la mañana, al llegar al lugar donde
se encontraban nuestros zapatos no percibimos juguete alguno, pero al analizar
el lugar encontramos que estaban unas monedas dentro de dichos zapatos que
sumaban la cantidad de treinta centavos, efectivamente, contamos las monedas
una y otra vez y comprobamos que en efecto, eran treinta centavos y entonces,
no quedaba la menor duda de que los reyes magos habían hecho escala en nuestro
domicilio y simplemente nuestra deducción no dejaba lugar a dudas, era la
cantidad que seguramente los reyes magos por lo menos habían “salvado” esa

cantidad, tal vez no alcanzamos más porque vivíamos casi a las afueras del
pueblo.

La edad, la educación recibida y el medio
social de pobreza que vivíamos, tal vez fue la causa de aceptación del “regalo”
fabuloso de los reyes magos en ese año, recuerdo que con extremada alegría le
mostramos a nuestra mamá el regalo recibido y no lo hicimos con papá ya que él
había muerto unos años antes, y entonces mamá nos permitió ir hasta el

mercado
y decidir que compraríamos con la fabulosa cantidad de dinero recibida.

Lamentablemente la cantidad recibida no
cubría el costo de un juguete, así que terminamos por comprar los dulces que
pudieron arropar nuestras fabulosas cantidades de dinero y regresamos a casa
con la alegría que solo a esa edad podíamos manifestar, además que con gran
orgullo lo platicamos a los familiares que sí recibieron juguetes de costos
altos, pero a nosotros esos treinta centavos nos parecían más valiosos

que los
mejores y más caros juguetes que el mercado ofrecía.

Pero el milagro no terminó aquí, debo
señalar que sobraron algunos centavos, no muchos desde luego, pero alcanzó para
entregarlos a nuestra mamá y que con ellos pudiera completar los gastos de los
alimentos de ese día y con gran alegría transcurrieron las horas hasta que por
la noche nos fuimos temprano a la cama como si ese día de reyes hubiese sido el
más maravilloso de nuestra existencia, y hoy que mi hermana y yo nos
encontramos cerca de los ochenta años de edad, hemos recordado este pasaje de
nuestra vida y en verdad, parece que fue ayer, el milagro de los treinta
centavos.

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